lunes, 4 de agosto de 2008

Manuel Caballero // Canossa

El Rey no perdonó al reyezuelo petrolero en Canarias sino en Canossa
Por esas razones que los ejecutivos y los dirigentes políticos suelen llamar "de agenda", debo escribir este artículo exactamente ocho días antes de su publicación. Es imposible entonces pretender originalidad cuando recuerdo el episodio que evoca el título de estas notas: todo el mundo lo hará. Aunque tampoco es imposible, y en todo caso comprensible, que entre los más jóvenes de mis desocupados lectores haya muchos que se desinteresen de un episodio de la historia europea de hace más de mil años: por haber nombrado algunos obispos sin la aprobación de Roma, el Papa Gregorio VII excomulgó en el año 1076 a Henri IV Emperador del Sacro Imperio. Eso, que se ha llamado "la querella de las investiduras", se resolvió en aquel momento por la rendición del Emperador, obligado a viajar a Italia para hacerse perdonar por el Papa, quien no quiso recibirlo en Roma, sino en Canossa, un frío y escarpado lugar donde solía retirarse. Resbalosos desfiladeros
Era un sitio cuyo acceso estaba pleno de mortales obstáculos. Como si no bastase con aquel peligrosísimo recorrido entre vientos glaciales y resbalosos desfiladeros, al llegar a destino, Gregorio VII no quiso verlo de inmediato, y el Emperador debió esperar tres días, vestido apenas con una delgada capa, de pie en la nieve antes de que el Sumo Pontífice accediera a recibirlo. No existen muchos datos sobre las humillaciones suplementarias que debió soportar aquel hombre que se había creído todopoderoso, capaz de desafiar hasta al Vicario de Cristo; de modo que la imaginación puede volar, y ver al Papa haciendo que Henri IV vistiera alguna camisa de dormir desechada por él, bordada con alguna inscripción irónica por algunas monjitas injuriosas; amén de obligarlo a pagar un oneroso tributo, una elevada multa, antes de absolverlo.
Desde entonces, se habla de Canossa cuando algún jefe de Estado o de gobierno busca hacer olvidar una metida de pata pidiendo audiencia a un superior molesto y soportando una humillante espera y una no menos tal condescendencia.Pujos eruditos
No voy a hacerme el tonto pretendiendo que no tenga en mente a nadie en particular, y que todo lo anterior lo he escrito sólo para asombrar a muchachos desaprensivos dándome pujos eruditos con una información que ha fatigado todas las enciclopedias desde que éstas existen. Sólo quisiera insistir en algunos detalles de la entrevista entre el Rey de España y el reyezuelo petrolero cuya gorda chequera lo hizo alguna vez creerse tan poderoso como un soberano del Sacro Imperio Romano Germánico.
Porque así como su ministro de la Propaganda (su goebbelsito criollo y vernáculo) juró y perjuró que el susodicho no había escuchado a Juan Carlos en Santiago de Chile mandándolo a cerrar el pico; sugiriendo además su intención de retornarle el insulto, y de hacerlo hincarse de rodillas so pena de caerle encima con el bate de Sammy Sosa; de la misma manera, era muy capaz de emplear esta vez también su vieja táctica de presentar como victoria una derrota.El dicharachero lambiscón
Comencemos por el comienzo. El Rey de España se negó a considerar visita de Estado la del dicharachero lambiscón. No sonaron trompetas ni se adornaron carruajes, no hubo condecoraciones ni discursos. Ni flores, ni banquetes, ni bailes de gala en salones iluminados a giorno. Es más, para evitar indeseados besuqueos y proteger sus oídos del lenguaje de portero de burdel que tanto gusta al arrapiezo de Sabaneta, le recomendó a Doña Sofía quedarse en sus aposentos, en traje de andar por casa y chancletas, sin rouge en los labios y con los moñitos bien amarrados todavía sobre la regia cabeza.
Y sobre todo, nada de abrir el Palacio de la Zarzuela. Es más, nada de un Madrid adonde el atarantado personaje pudiera creerse Emperador del Avapiés, acreedor en Chicote de "un agasajo postinero con la crema de la intelectualidad": el Rey también conoce a Agustín Lara. Nada: si quiere verme, véngase hasta Canossa, quiero decir hasta mi residencia veraniega en las Canarias, ya que allí llaman a Venezuela "la octava isla". Más calor que en Sabaneta
Sometiéndose a esas humillantes condiciones, nuestro lenguaraz principito emprendió un peligroso recorrido en un avión para cuyo mantenimiento se había contratado un equipo ruso experto en Sukhois caedizos y con la tradicional afición de esos técnicos al vodka Stolitchnaia. Soñar no cuesta nada, y el peregrino, creyendo que le iban a dar aquí el recibimiento que se le negaba en Madrid, desdeñó la camiseta roja y se presentó "todo de negro hasta los pies vestido" de gruesa lana invernal. Ninguno de sus asesores se atrevió a recordarle que, en esos días, en Canarias hacía más calor que en Sabaneta.
Trabajos de amor perdidos: en vez de vestir traje de ceremonia, Su Majestad lo recibió con un ligero atuendo veraniego que, de haberlo usado en nuestro país, recordaría un viejo slogan comercial: "¿Qué haría el Rey si no existiera Pepeganga?". Y, como muestra del austero aprecio de la casa real, le regaló una vieja camiseta en la cual (acaso unas irónicas monjitas) habían bordado la vieja injuria : "¿Por qué no te callas?"
Yo no sé si sea castizo aquello de "A Dios rogando y con el mazo dando", pero haciendo honor a la tradición picaresca, Zapatero se fue de la lengua como cualquier Lazarillo de Tormes, explicando que el Rey, haciendo de tripas corazón, había consentido en recibir al zafio visitante porque éste le había ofrecido, a cambio de su apretón de manos, una rebajita en el precio del petróleo. El amor y el interés...
hemeze@cantv.net

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