viernes, 1 de enero de 2010

2010, la medición de fuerzas










Chinorrón

Comienza a sonar la hora del cambio. El régimen usará todas las cartas, muy en especial las ocultas y marcadas, para impedir el avance y la reconstrucción de la democracia. En consecuencia empujará a una brutal medición de fuerzas.
2010

Antonio Sánchez García
 
No se requiere rebuscar en las recónditas y jeroglíficas predicciones de Nostradamus para arribar a la conclusión de que la cifra tiene connotaciones mágicas. Me basta con un elemental cálculo de probabilidades para deducir que será, además,  el año de las últimas definiciones. Se han acumulado suficientes elementos explosivos como para concluir que podría ser el año final del régimen. La mesa no está servida, pero el mantel está puesto. El condumio pareciera llegar a su punto de hervor. El 2012 se ve demasiado lejos para los deseos de la historia y casi a la vuelta de la esquina para las angustias presidenciales.

 Gústenos o no, la clave pasa por la realización de las elecciones parlamentarias. O por la no realización de las mismas. Que no es lo mismo, pero es igual.  La razón: es la gran medición de fuerzas. La oposición pareciera llegar a ella mejor preparada de lo que estuviera en el pasado. El gobierno sacudido por una grave crisis interna que se asoma por todos sus costados. Quien lo dude, que lea aporrea.com.  La revolución, o su mascarada justificatoria, babea. La boliburguesía acecha en las sombras. El desencanto crece. El rencor aumenta. Se acabó el amor.
 
     Internacionalmente el año se anuncia malo para el régimen. Excelente para la oposición. El 17 de enero  Chile dará la gran campanada. Con el más que probable triunfo de Sebastián Piñera – el de Frei sería la clásica victoria pírrica- , un ciclo de dos décadas se acaba. Se reafirma el giro hacia el centro y la derecha en la región y los tiempos de la ALBA inician el ocaso. Seguirán Brasil y Argentina. Que sumados a Honduras y Panamá, a Colombia y a México, incluso a El Salvador, conformarán un sólido bloque regional de democracias fuertes y estables. Obama tendrá que asumir el hecho. La década cerrará el deslave bolivariano con un balance nada promisorio.  Hasta es posible que Insulza sea una de las primeras víctimas.
 
 Es la mejor constelación como para que los sectores democráticos del país suban sus apuestas y decidan entrar al gran ruedo de la historia dispuestos a jugarse el todo por el todo. Que dada la inmensa fragilidad del régimen – quebrantado interiormente y sin otro respaldo real que el puedan darle los mercenarios cubanos – es casi una apuesta de ganar ganando.

Sería un error garrafal pensar que basta con unirse, escoger candidatos únicos e incluso apostar a una única tarjeta. Incluso imaginando elecciones primarias para satisfacer los gustos exquisitos de la clase política emergente. Pues frente a un enemigo como el que controla todos los poderes del Estado y no conoce otra legalidad que la voluntad de mantener el Poder a cualquier precio, no bastan las primarias: sólo se gana con la disposición a un gran enfrentamiento en todos los órdenes de la vida política y social. Imponiendo la agenda y movilizando todas nuestras fuerzas.

  Pues comienza a sonar la hora del cambio. El régimen usará todas las cartas, muy en especial las dobles y marcadas, para impedir el avance y la reconstrucción de la democracia, que ya está a la orden del día. En consecuencia empujará a una brutal medición de fuerzas. Contrariamente a lo que espera de la que cree una oposición pusilánime y conciliadora, habrá que salir a hacerle frente sin posible retorno. El duelo, el gran duelo de la medición de fuerzas habrá llegado.
 
 El liderazgo deberá estar preparado para esa confrontación final. Dios quisiera que se resuelva mediante una papeleta. Pero hay veces en que la historia la escribe el diablo.
 
           






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